En la primera década de los años setenta mi vida transcurrió en becas. Eran años, vistos a la distancia, realmente increíbles. De la Escuela Provincial de Arte Leopoldo Romañach, que estaba en la ciudad de Santa Clara. a la cual llegue en 1973 pasé, de manera acelerada, en 1975 a la Escuela Nacional de Bellas Artes en La Habana. Mientras yo estudia algo grave comenzaba a suceder en mi familia en Cienfuegos. A mi padre Angel le habían detectado un cáncer de garganta fulminante, moviéndose mi madre y hermanos entre consultas médicas y hospitales y yo ajeno a tanta desgracia. El médico le había pronosticado apenas unos meses de vida.  Casi ni hablaba, acongojado por este diagnóstico fatal.

La historia comienza ahora. En aquellos años los equipos electrónicos, todos, se entregaban a través de estímulos sindicales, no existían en las tiendas, eran disputados, hasta relojes despertadores eran otorgados, en asambleas sindicales a los mejores trabajadores. Cuando mi padre Angel enferma tenían que entregar, en el colectivo de obreros donde trabajaba desde hacía años, un televisor Ruso. Angel era albañil de tercera, en un astillero de barcos de pesca. Era, para más desgracia analfabeto total, pues solo había llegado, en su infancia humilde, a un segundo año de la primaria. Ya era padre de cinco hijos, aun joven pero se le venía arriba anticipadamente, el final de sus días.

En asamblea, sin la presencia de mi padre, luego de una acalorada discusión, le es otorgado a Angel el documento establecido para adquirir aquel disputado equipo televisivo. Era un solo televisor para un tremendo colectivo de trabajadores donde habían muchos con más méritos que mi padre, con más trayectoria revolucionaria que Angel, pero Angel no tenía ningún mérito, era un verdadero incumplidor de la emulación socialista pero tenía excelentes amigos. El buró sindical se niega a reconocer la labor de mi padre argumentado razones obvias, no se reconocía su trabajo, era un total indisciplinado, miles de llegadas tardes, etc. En medio de la discusión salta una persona de la dirección sindical y plantea que por humanismo tenían que entregarle el televisor a Cáceres, pues apenas le quedaba de vida unos meses y aquel televisor, antes de morir le podría servir de sano entretenimiento. Después de una acalorado debate le es facilitado el equipo a Angel. Fue realmente emocionante este gesto de sus compañeros.

Transcurrieron los años y mi padre, bajo un tremendo tratamiento médico en hospitales oncológicos de Santa Clara y La Habana viviría hasta los 84 años. Aquellos señores sindicales, que vaticinaron la muerte a su trabajador se fueron muriendo, uno a uno, muchísimo tiempo antes que Angel.

A la memoria de mi PADRE.

R.C.V.